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Somos una institución activa que aglomera a la mayoría de los parqueños residentes en Lima, brindándoles la oportunidad de conservar nuestra identidad, resaltando los aspectos sociales, culturales y de medio ambiente de nuestro pueblo.

 
Realizar actividades sociales, culturales y deportivas con la participación mayoritaria de los socios a fin de mantener la unidad e identidad de los parqueños.
 

Narraciones / Cuentos

Cuento ambientado en nuestro querido Parco, Texto fue publicado el año de 1978 en el libro Nueva Narrativa Peruana y que forma parte del libro "Los hijos del Yerupajá".

Viaje De Casilda Al Otro Mundo

Raúl Zárate

En todo Parco, como cantos de sirenas, como un torbellino de polvareda se escuchaba: “Dizque la Casilda se ha muerto, pobrecita, tan buena que era. Ay, así es la muerte. Los buenos se van y los malos se quedan. Así dice pues que se ha tomado folidol, se ha envenenado,… que tal muchacha. No, no… dice que así no es, se ha tomado Kola con Aldrín ése que echan en la chacra pa matar a los gusanos, dice, que estaba en el mostrador de su tienda que era antes, así lo han encontrao … muerta. Pobrecita, dicen que se ha suicidao, estaba desilusionada; ha dejado una carta grande que parece testamento, largo dice que es, lo tiene su sobrino Papi y lo está escondiendo; dizque no quiere que la gente se entere … No puede ser cierto. No es cierto que ella haya muerto. Están mintiendo. La gente es así. Todos mienten por las puras alverjas. Haa. Ay, no es una muerte digna pues…” La gente culpaba al baile, decían que esas cosas traen consecuencias funestas, no debería haber ido ella a ese baile.

     “Si me quieres, si me quieres, si me quieres; dímelo, si me odias, si me odias, si me odias; dímelo”. La llovizna caía suavemente sobre las parejas que bailaban apretujadas. El tiempo nos estaba jugando una mala pasada. Es aún agosto y no debe llover. La lluvia es buena. Está anunciando la siembra. La orquesta continúa tocando “La danza del petrolero”, “La danza de la tortuga”, “La bolita”, “No sé que tengo no se”… y los chicos como quien caza mariposas, se avalanchan sobre sus parejas.

-Los Primos se pasan, tocan bien, no hay vueltas que dar.
-Eso no es nada, vieras cómo tocan “Los pasteles Verdes”, ésos sí que son pulentas.
-¡Qué bien baila Casilda!.
-Sì viejo, es pulenta, yo quería chaparla, pero… bueno tú sabes bien que pasó después.
-Cómo se vacila, cómo mueve su cinturita.
-Se pasa bailando.
-No hay quien baile como ella.

“Dos cervezas más dos cervezas son cuatro y con cuatro me emborracho. A mí me cuesta este local; yo estuve en las faenas y con orgullo me bailo aquí, y no soy como uno”. –Ya, Malambo, chupa y no jodas. A los jóvenes hay que dejarlos tranquilos. ¿No sabes que respetos guardan respetos?, dijo airadamente el Piquín.

La llovizna ha cesado, y nos ha dejado húmedo el piso de gras, y la luna sonriente aparece como quien dice: ‘Bailen y no frieguen’.
-Casilda, ¡qué bien bailas!, cómo te vacilas…
-Claro, ¿para qué se quiere la vida?, si no es para luchar y gozar.
-Esa es la pura verdà.

La vida es la vida. Filosofía dual. La vida anda suelta, hay que cogerla del pescuezo para que no nos escape. Cuánto pensar nos da la vida. La vida es dulce y agria. Esta vida es así. Qué ironía, la vida es una gran broma. La vida es un carnaval, hay que saberlo bailar como un buen jaujino.

“Una baladita, por favor, señores músicos, una baladita para estos sus admiradores y pa’ calentarnos el cuerpo, ustedes saben, ustedes comprenden’.

-La balada dee… “Ruega por nosotros”, para todos los enamorados de Parco, les dedica esta su querida orquesta… los priimoos.

Los bailantes se apresuran en coger sus parejas, bailan aparraditos y muy cursis, dándose besitos, rozando las mejillas con la cabellera, y los suspiros se suceden como aromas de lirios mientras se dicen algunas mentiritas sobre sus oídos. Los menos afortunados andan perdidos por los alrededores en busca de parejas; “sencillamente no quieren bailar con nosotros. A chupar se ha dicho, y el mundo se va a la mierda”. La cantina es un río de licor donde naufragan algunos borrachos tambaleantes. La luna le sonríe guiñándole con su ojo izquierdo a Casilda mientras resplandece su rostro sudoroso; espejo brillante donde miras el rubor del amor. La fiesta está a todo dar.

-Tucu, carajo, siempre jodes.
-Malambo, vas  acabar siendo loco.
-¿Loco yo?, tú abuela será. Jajajaaa… Es que no sabes que cuando el tucu llora es por algo. Es malagüero, pues. Es presagio de muerte.

(Profundo se escuchó en la lejanía, el aullido lúgubre de los perros. Los aullidos seguían sucediéndose en la oscuridad. Esto hizo entumecer a las almas en pena).

“Ya no puedo soportarlo, ya no puedo…, este dolor en el estómago no se puede aguantar. Hace días que me encuentro con lo mismo; primero la caída del caballo, luego ese accidente en la alcantarilla, y donde tuvo que morir Juan. Qué nervios, él no tuvo por qué morir así, mejor yo me hubiera muerto. Ay…, con este dolor no se puede hacer nada. Dónde habrán puesto mis hermanos los remedios. Pastillas y pastillas… Yo no creo en esas cosas. Mejor son las yerbas. “Las yerbitas curan mejor que esos remedios de botica” –decía abuela Palli. Los voy a coger, deben de haber en Pacchimallqui. Al regreso debo de hacer un matecito de muña y con eso ya se me pasará este dolor…”

Aún tenía los humos en la cabeza, recordaba lo feliz que estuvo anoche en la fiesta. Decíase a sí misma: “El amor vence al sueño”. Bajó lentamente por la escalera, contando los peldaños como si cada paso fuera un recuerdo. Recordó lo mucho que le gustaba a su papá, las palomas y el jardín de flores olorosas y bailar –como ella- la pachahuara en los días de navidad. Casilda siguió de largo por el cuarto de la despensa y al pasar por donde se encuentra la troja que guarda el grano de las cosechas, se encontró con los ratones. Entonces recordó el mundo de los burgueses. Los comparó con las ratas. Recordó que ella había trabajado en una casa “decente” de Lima como muchacha y se le vino a la memoria el mal trato que le daban; las injurias de que era objeto. El dolor la fastidiaba. Se dirigía hacia la puerta y de ahí iría en busca de las yerbas. De pronto cayó de bruces. Hizo unos movimientos bruscos en el suelo y unos escalofríos recorriéndole el cuerpo, al tiempo que se nublaron sus ojos.


Del  libro “Los hijos del Yerupajá” de la antología Nueva Narrativa Peruana,
Ed. Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga,
Ayacucho, 1978.
Páginas del 45 al 48.

 

 

 

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